sábado, 30 de abril de 2022

Yo no quería ser docente


* Este texto surge de una actividad propuesta por la profesora de Observación Jessica Ibarbalz.

Quiero ser una docente de la que puedan decir: “me amó como Dios ama”.

Yo no quería ser docente. Cuando la seño Florencia de 4° grado preguntó qué queríamos ser cuando fuéramos grandes le respondí: “Quiero s
er ministro de Educación. ¿Qué tengo que estudiar?” (Todavía me preguntó qué significaría eso en una mente de 9 años). Ella me respondió: estudiar abogacía y ser ñoqui. No me gustaba la idea de estudiar abogacía mas si había que hacerlo… pero “¿Ser ñoqui? En mi familia nadie se dedica a la política” (¿Por qué la asociación?) Así, la seño, me frustró mi carrera. Pero cada vez que un adolescente me cuenta sus sueños me acuerdo de ella  y procuro cuidar mis palabras, no quiero que me recuerden como alguien que “pinchó su globo”.

Me gustaba mucho leer. Conocía cada novela de la biblioteca escolar. Eso afianzó mi vínculo con la bibliotecaria que me avisaba cuando se incorporaban nuevas. También,  alimentó mi imaginación y mi gusto por la escritura. Los recreos de los lunes eran de lectura. Durante el fin de semana me dedicaba a escribir capítulos de una novela que leía a mis compañeras. Ellas (y yo también) esperábamos ese tiempo en el que podíamos ser el personaje que quisiéramos ya que la novela avanzaba al gusto de los oyentes. Por un momento la llama de “ser escritora” flameó pero también el prejuicio de que “La gente no lee. Me voy a morir de hambre”. Y el comentario de la seño María Esther que dijo que eso no era de mi autoría que yo, seguramente, me copiaba de algún lugar. A veces encuentro tareas “sospechosas” en las devoluciones de mis alumnos pero me acuerdo del prejuicio con el que me calificó la maestra de quinto grado y me dispongo a conocerlos mejor y a potenciar sus habilidades. No quiero que me recuerden como alguien que no confió en ellos.

Casi continuando aquella frase mental en la secundaria me encontré con un paredón: “Colabore con el gobierno, sea un ignorante muerto de hambre”. Y me acordé de la seño Flor. Pensé que quizás no tenía tanta razón y  los ministros de educación primero eran docentes… y si quería demostrar que la educación era un arma de cambio para la sociedad (casi parecido a lo que la Literatura nos permitía en los recreos de los lunes: crear mundos distintos) debía empezar por la base y algún día, capaz, fuera ministro.

Decidí ser docente y a soñar con ello. Aunque la profe de TICS me dijo delante de todos mis compañeros que no iba a servir para eso porque “con tu carácter los adolescentes te van a pasar por encima”. Era la profe más gritona, no conseguía nada sino fuera de esa manera… quizás eran sus miedos de que la “pasáramos por encima” los que gritaban.  Me enseñó a pensar(me) cada vez que siento que necesito alzar la voz ante un grupo. No quiero que me recuerden como alguien que proyecta sus miedos y mucho menos que “corta las alas de los sueños”.

No había ningún docente en mi familia por lo que casi que interrogaba a los profe de Lengua.  Así descubrí que la profe T***** (porque en la secundaria dejan de tener nombres) “No quería ser profe, sino fotógrafa y era una carrera muy cara. Esta tenía salida laboral”. Casi se me escapó un “se nota” pero apreté bien los labios para no decir nada, sentí mucha compasión y aprendí que no iba a estudiar algo que no disfrutara… La profe a quien le pregunté qué era la sinestesia y me dijo que “ahora no lo íbamos a entender” pero que se sentaba en el banco a preguntarnos por nosotros, por nuestra familia. La única profe que supo que quería seguir sus pasos pero que tenía que mantenerme firme y aumentar mi número de alumnos particulares –iba al secundario pero era la maestra particular del barrio y con eso pagaba mis fotocopias- en mi decisión porque papá estaba desocupado. La profe que me enseñó que uno debe estudiar lo que le gusta también me enseñó a acercarme a mis alumnos de otra manera. Fue ella la que a la siguiente clase me regaló su propio cuadernillo y la que 3 años después cuando la crucé en el profesorado me preguntó si papá había con seguido trabajo y me obsequió un set de fotocopias (Hace poco tuve la bendición de encontrarla en una red social y agradecerle esos detalles significativos. Contarle que en mi cartera siempre tengo unas fotocopias de más). No quiero que me recuerden como alguien que posterga los conocimientos pero sí por quien sabe que detrás de ellos  hay una historia y que pueden contarla y ser alojados.  Fue ella misma como mi profe de Prácticas docentes  la que firmó no sé qué papel que las fonoaudiólogas no querían autorizar y les dijo: yo me hago responsable de que ella sea docente de este sistema educativo. Me miró y concluyó: disfrutá tu vocación. Quiero que me recuerden como alguien que se juga por el otro, que sabe apostar por sus proyectos, que enseña a soñar y acompaña.

Soy docente. Y esa es mi excusa para ayudar a cambiar algunas realidades, fortalecer sueños con las palabras, curar alitas que otros han quebrado… Soy docente pero también soy estudiante de profesorado  y es un doble beneficio: una especie de Frankenstein que va mutando. Por lo pronto me llevo en mi fisonomía un profe que el año pasado por un ¿simple? chiste leyó un dolor, me invitó a tener una entrevista y me regaló un tiempo de oración en el día y en horario que hacía un mes atrás le había pedido a Dios que, si seguía tan pendiente, alguien se acercara a hacerlo, no sé si sobra decir que no era “su tiempo de aula”; mi cuaderno de este año está poblado de frases de un profesor  que con su forma de enseñar me recordó que al aula se entra con absoluta pasión, esa de las que en mí logró que haga las paces con Platón y me decida a cursar Lógica; el Señor me regaló su amor en forma de “flores en este camino” y hace poquito me  saludó con unas manos suaves y calentitas que no hacen  puñito sino que sostienen y te invitan a entrar al salón aunque lo hagas 50 minutos tarde. Aunque sea difícil quiero ser una docente Frankenstein, con los pedacitos de cada uno de ellos y de los que estas líneas no llegan a describir pero que en ellos puedo experimentar cuánto Dios me ha amado y ama. Quiero ser una docente de la que puedan decir: “me amó como Dios ama”.

¿Y vos, por qué querés que te recuerden? Te leo...



 

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