martes, 30 de agosto de 2022

Propuesta de actividades digitales para trabajar relato policial

Agregué en cada momento del encuentro- clase un recurso de juego distinto: El inicio: Para invitar a la participación, creé dos actividades disparadoras que nos permitirán conectarnos con los saberes previos de los estudiantes: 1) Una lámina con canva en la que se visualizan diferentes detectives para que adivinen qué personaje es y si saben a qué se dedicaba:
2) Usando la aplicación Mentimeter.com . A través de ella se propondrá hacer una lluvia de ideas mediante una respuesta corta a la pregunta: ¿Qué saben acerca de “los relatos policiales”? https://www.menti.com/8fovhaxfcf
El desarrollo: 1) Luego de leer el texto “Cuento para tahúres” de Rodolfo Walsh (subido al blog) usaremos la herramienta digital wordwall plantilla interactiva “palabra faltante” para reconocer los núcleos narrativos y así, poder completar el argumento: https://wordwall.net/play/35230/056/548
2) Exposición mediante Genially:
El cierre: 1) Volveremoos a usar Mentimeter pero esta vez completando la frase: “En esta clase aprendí…” https://www.menti.com/zyav4nvz97
2) Ellos deberán crear la portada de su libro de cuentos policiales usando canva. Tené en cuenta que el Genially como todo recurso didáctico es una herramienta de apoyatura -no está todo el material bibliográfico volcado en tal- que potencia la enseñanza.

Cuento para tahúres de Rodolfo Walsh

Salió no más el 10 -un 4 y un 6- cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de hombros. -Lo que quieran… -dijo. Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata. -La suerte es la suerte -dijo con una lucecita asesina en la mirada-. Habrá que irse a dormir. Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido. -Hay que saber perder -dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín-: Total, venimos a divertirnos. -¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera. Flores lo midió de arriba abajo. -¡Vos, siempre rezando! -dijo con desprecio. Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de Flores. El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores. -El cuatro -cantó alguno. En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que había echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10… Y ahora buscaba otra vez el 4. El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y decía con voz pastosa: -¡Voy diez a la contra! -Después se volvía a quedar dormido. Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó: -¡El cuatro! En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo. Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: “Pobre Flores, era demasiada suerte”. Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero. En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho. “Le erraron a Flores”, pensé en el primer momento, “y le pegaron al otro. No hay nada que hacerle, esta noche está de suerte.” Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer. Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un revólver 48. Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina. Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo -¡lo que es ser distraído!-, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los “chivos” tenía el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10… Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor. Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1. Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también había pensado en el primer momento. Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él quien dio el manotazo -dijeron- los vidrios habrían caído del otro lado de la mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga. El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de la mesa -y eran ocho o nueve- pudo pegarle el tiro a Zúñiga. Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento. Ganaría dos veces, tres veces… y seguiría ganando. Por difícil que fuera el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder. Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la suerte es peligroso… Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a él. Zúñiga -por algún antiguo rencor, tal vez- le había puesto los dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación humillante en la que nadie creería. Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados. Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la mesa, recobró los “chivos” y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa. Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más salidor…

viernes, 17 de junio de 2022

Prezi: el oficio en acción

Basado en el capítulo 5 del libro "El oficio de enseñar" de Edith Litwin con propuestas de trabajo que fueron surgiendo a lo largo de su lectura. Si no leíste el libro te desafío a que lo hagas. ¡Es una inversión en tu formación!

sábado, 30 de abril de 2022

Yo no quería ser docente


* Este texto surge de una actividad propuesta por la profesora de Observación Jessica Ibarbalz.

Quiero ser una docente de la que puedan decir: “me amó como Dios ama”.

Yo no quería ser docente. Cuando la seño Florencia de 4° grado preguntó qué queríamos ser cuando fuéramos grandes le respondí: “Quiero s
er ministro de Educación. ¿Qué tengo que estudiar?” (Todavía me preguntó qué significaría eso en una mente de 9 años). Ella me respondió: estudiar abogacía y ser ñoqui. No me gustaba la idea de estudiar abogacía mas si había que hacerlo… pero “¿Ser ñoqui? En mi familia nadie se dedica a la política” (¿Por qué la asociación?) Así, la seño, me frustró mi carrera. Pero cada vez que un adolescente me cuenta sus sueños me acuerdo de ella  y procuro cuidar mis palabras, no quiero que me recuerden como alguien que “pinchó su globo”.

Me gustaba mucho leer. Conocía cada novela de la biblioteca escolar. Eso afianzó mi vínculo con la bibliotecaria que me avisaba cuando se incorporaban nuevas. También,  alimentó mi imaginación y mi gusto por la escritura. Los recreos de los lunes eran de lectura. Durante el fin de semana me dedicaba a escribir capítulos de una novela que leía a mis compañeras. Ellas (y yo también) esperábamos ese tiempo en el que podíamos ser el personaje que quisiéramos ya que la novela avanzaba al gusto de los oyentes. Por un momento la llama de “ser escritora” flameó pero también el prejuicio de que “La gente no lee. Me voy a morir de hambre”. Y el comentario de la seño María Esther que dijo que eso no era de mi autoría que yo, seguramente, me copiaba de algún lugar. A veces encuentro tareas “sospechosas” en las devoluciones de mis alumnos pero me acuerdo del prejuicio con el que me calificó la maestra de quinto grado y me dispongo a conocerlos mejor y a potenciar sus habilidades. No quiero que me recuerden como alguien que no confió en ellos.

Casi continuando aquella frase mental en la secundaria me encontré con un paredón: “Colabore con el gobierno, sea un ignorante muerto de hambre”. Y me acordé de la seño Flor. Pensé que quizás no tenía tanta razón y  los ministros de educación primero eran docentes… y si quería demostrar que la educación era un arma de cambio para la sociedad (casi parecido a lo que la Literatura nos permitía en los recreos de los lunes: crear mundos distintos) debía empezar por la base y algún día, capaz, fuera ministro.

Decidí ser docente y a soñar con ello. Aunque la profe de TICS me dijo delante de todos mis compañeros que no iba a servir para eso porque “con tu carácter los adolescentes te van a pasar por encima”. Era la profe más gritona, no conseguía nada sino fuera de esa manera… quizás eran sus miedos de que la “pasáramos por encima” los que gritaban.  Me enseñó a pensar(me) cada vez que siento que necesito alzar la voz ante un grupo. No quiero que me recuerden como alguien que proyecta sus miedos y mucho menos que “corta las alas de los sueños”.

No había ningún docente en mi familia por lo que casi que interrogaba a los profe de Lengua.  Así descubrí que la profe T***** (porque en la secundaria dejan de tener nombres) “No quería ser profe, sino fotógrafa y era una carrera muy cara. Esta tenía salida laboral”. Casi se me escapó un “se nota” pero apreté bien los labios para no decir nada, sentí mucha compasión y aprendí que no iba a estudiar algo que no disfrutara… La profe a quien le pregunté qué era la sinestesia y me dijo que “ahora no lo íbamos a entender” pero que se sentaba en el banco a preguntarnos por nosotros, por nuestra familia. La única profe que supo que quería seguir sus pasos pero que tenía que mantenerme firme y aumentar mi número de alumnos particulares –iba al secundario pero era la maestra particular del barrio y con eso pagaba mis fotocopias- en mi decisión porque papá estaba desocupado. La profe que me enseñó que uno debe estudiar lo que le gusta también me enseñó a acercarme a mis alumnos de otra manera. Fue ella la que a la siguiente clase me regaló su propio cuadernillo y la que 3 años después cuando la crucé en el profesorado me preguntó si papá había con seguido trabajo y me obsequió un set de fotocopias (Hace poco tuve la bendición de encontrarla en una red social y agradecerle esos detalles significativos. Contarle que en mi cartera siempre tengo unas fotocopias de más). No quiero que me recuerden como alguien que posterga los conocimientos pero sí por quien sabe que detrás de ellos  hay una historia y que pueden contarla y ser alojados.  Fue ella misma como mi profe de Prácticas docentes  la que firmó no sé qué papel que las fonoaudiólogas no querían autorizar y les dijo: yo me hago responsable de que ella sea docente de este sistema educativo. Me miró y concluyó: disfrutá tu vocación. Quiero que me recuerden como alguien que se juga por el otro, que sabe apostar por sus proyectos, que enseña a soñar y acompaña.

Soy docente. Y esa es mi excusa para ayudar a cambiar algunas realidades, fortalecer sueños con las palabras, curar alitas que otros han quebrado… Soy docente pero también soy estudiante de profesorado  y es un doble beneficio: una especie de Frankenstein que va mutando. Por lo pronto me llevo en mi fisonomía un profe que el año pasado por un ¿simple? chiste leyó un dolor, me invitó a tener una entrevista y me regaló un tiempo de oración en el día y en horario que hacía un mes atrás le había pedido a Dios que, si seguía tan pendiente, alguien se acercara a hacerlo, no sé si sobra decir que no era “su tiempo de aula”; mi cuaderno de este año está poblado de frases de un profesor  que con su forma de enseñar me recordó que al aula se entra con absoluta pasión, esa de las que en mí logró que haga las paces con Platón y me decida a cursar Lógica; el Señor me regaló su amor en forma de “flores en este camino” y hace poquito me  saludó con unas manos suaves y calentitas que no hacen  puñito sino que sostienen y te invitan a entrar al salón aunque lo hagas 50 minutos tarde. Aunque sea difícil quiero ser una docente Frankenstein, con los pedacitos de cada uno de ellos y de los que estas líneas no llegan a describir pero que en ellos puedo experimentar cuánto Dios me ha amado y ama. Quiero ser una docente de la que puedan decir: “me amó como Dios ama”.

¿Y vos, por qué querés que te recuerden? Te leo...



 

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