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martes, 30 de agosto de 2022
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viernes, 17 de junio de 2022
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miércoles, 18 de mayo de 2022
sábado, 30 de abril de 2022
Yo no quería ser docente
* Este texto surge de una actividad propuesta por la profesora de Observación Jessica Ibarbalz.
Quiero ser una docente de la que puedan decir: “me amó como Dios ama”.
Yo no quería ser docente. Cuando la seño
Florencia de 4° grado preguntó qué queríamos ser cuando fuéramos grandes le
respondí: “Quiero s
er ministro de Educación. ¿Qué tengo que estudiar?” (Todavía
me preguntó qué significaría eso en una mente de 9 años). Ella me respondió:
estudiar abogacía y ser ñoqui. No me gustaba la idea de estudiar abogacía mas
si había que hacerlo… pero “¿Ser ñoqui? En mi familia nadie se dedica a la
política” (¿Por qué la asociación?) Así, la seño, me frustró mi carrera. Pero
cada vez que un adolescente me cuenta sus sueños me acuerdo de ella y procuro cuidar mis palabras, no quiero que me recuerden como alguien que
“pinchó su globo”.
Me gustaba mucho leer. Conocía cada novela de
la biblioteca escolar. Eso afianzó mi vínculo con la bibliotecaria que me
avisaba cuando se incorporaban nuevas. También, alimentó mi imaginación y mi gusto por la
escritura. Los recreos de los lunes eran de lectura. Durante el fin de semana
me dedicaba a escribir capítulos de una novela que leía a mis compañeras. Ellas
(y yo también) esperábamos ese tiempo en el que podíamos ser el personaje que
quisiéramos ya que la novela avanzaba al gusto de los oyentes. Por un momento
la llama de “ser escritora” flameó pero también el prejuicio de que “La gente
no lee. Me voy a morir de hambre”. Y el comentario de la seño María Esther que
dijo que eso no era de mi autoría que yo, seguramente, me copiaba de algún
lugar. A veces encuentro tareas “sospechosas” en las devoluciones de mis
alumnos pero me acuerdo del prejuicio con el que me calificó la maestra de
quinto grado y me dispongo a conocerlos mejor y a potenciar sus habilidades. No quiero que me recuerden como alguien que
no confió en ellos.
Casi continuando aquella frase mental en la
secundaria me encontré con un paredón: “Colabore con el gobierno, sea un
ignorante muerto de hambre”. Y me acordé de la seño Flor. Pensé que quizás no
tenía tanta razón y los ministros de
educación primero eran docentes… y si quería demostrar que la educación era un
arma de cambio para la sociedad (casi parecido a lo que la Literatura nos permitía
en los recreos de los lunes: crear mundos distintos) debía empezar por la base
y algún día, capaz, fuera ministro.
Decidí ser docente y a soñar con ello. Aunque
la profe de TICS me dijo delante de todos mis compañeros que no iba a servir
para eso porque “con tu carácter los adolescentes te van a pasar por encima”.
Era la profe más gritona, no conseguía nada sino fuera de esa manera… quizás
eran sus miedos de que la “pasáramos por encima” los que gritaban. Me enseñó a pensar(me) cada vez que siento
que necesito alzar la voz ante un grupo. No
quiero que me recuerden como alguien que proyecta sus miedos y mucho menos que
“corta las alas de los sueños”.
No había ningún docente en mi familia por lo
que casi que interrogaba a los profe de Lengua.
Así descubrí que la profe T***** (porque en la secundaria dejan de
tener nombres) “No quería ser profe, sino fotógrafa y era una carrera muy cara.
Esta tenía salida laboral”. Casi se me escapó un “se nota” pero apreté bien los
labios para no decir nada, sentí mucha compasión y aprendí que no iba a
estudiar algo que no disfrutara… La profe a quien le pregunté qué era la
sinestesia y me dijo que “ahora no lo íbamos a entender” pero que se sentaba en
el banco a preguntarnos por nosotros, por nuestra familia. La única profe que
supo que quería seguir sus pasos pero que tenía que mantenerme firme y aumentar
mi número de alumnos particulares –iba al secundario pero era la maestra
particular del barrio y con eso pagaba mis fotocopias- en mi decisión porque
papá estaba desocupado. La profe que me enseñó que uno debe estudiar lo que le
gusta también me enseñó a acercarme a mis alumnos de otra manera. Fue ella la
que a la siguiente clase me regaló su propio cuadernillo y la que 3 años
después cuando la crucé en el profesorado me preguntó si papá había con seguido
trabajo y me obsequió un set de fotocopias (Hace poco tuve la bendición de
encontrarla en una red social y agradecerle esos detalles significativos.
Contarle que en mi cartera siempre tengo unas fotocopias de más). No quiero que me recuerden como alguien que
posterga los conocimientos pero sí por quien sabe que detrás de ellos hay una historia y que pueden contarla y ser
alojados. Fue ella misma como mi
profe de Prácticas docentes la que firmó
no sé qué papel que las fonoaudiólogas no querían autorizar y les dijo: yo me
hago responsable de que ella sea docente de este sistema educativo. Me miró y
concluyó: disfrutá tu vocación. Quiero
que me recuerden como alguien que se juga por el otro, que sabe apostar por sus
proyectos, que enseña a soñar y acompaña.
Soy docente. Y esa es mi excusa para ayudar a
cambiar algunas realidades, fortalecer sueños con las palabras, curar alitas
que otros han quebrado… Soy docente pero también soy estudiante de
profesorado y es un doble beneficio: una
especie de Frankenstein que va mutando. Por lo pronto me llevo en mi fisonomía un profe que el año pasado por
un ¿simple? chiste leyó un dolor, me invitó a tener una entrevista y me regaló
un tiempo de oración en el día y en horario que hacía un mes atrás le había
pedido a Dios que, si seguía tan pendiente, alguien se acercara a hacerlo, no
sé si sobra decir que no era “su tiempo de aula”; mi cuaderno de este año está
poblado de frases de un profesor que con
su forma de enseñar me recordó que al aula se entra con absoluta pasión, esa de
las que en mí logró que haga las paces con Platón y me decida a cursar Lógica;
el Señor me regaló su amor en forma de “flores en este camino” y hace poquito
me saludó con unas manos suaves y
calentitas que no hacen puñito sino que
sostienen y te invitan a entrar al salón aunque lo hagas 50 minutos tarde. Aunque
sea difícil quiero ser una docente Frankenstein, con los pedacitos de cada uno de ellos y de
los que estas líneas no llegan a describir pero que en ellos puedo experimentar
cuánto Dios me ha amado y ama. Quiero
ser una docente de la que puedan decir: “me amó como Dios ama”.
¿Y vos, por qué querés que te recuerden? Te leo...




